Anoche tuve un sueño, un sueño estremecedor que me atemorizó pero a la vez me hizo reflexionar. Estuve en los infiernos. No fue una bajada al uso, no fue como la Eneida de Virgilio, pareciéndose quizás más al Inferno de Dante, pero yo no tenía ningún propósito de estar allí, sólo era una prueba, una lección. Tuve hasta mi propio guía, que a su vez fue el que me hizo cruzar este particular Aqueronte cargado con una cámara de fotos y una libreta. Nunca jamás me hubiera imaginado el infierno de esta manera. No había un limbo con profetas esperándome, ni siquiera había un diablo cristiano, todo era parte de un Caos.
Los niños en este infierno no tenían con qué alimentarse, las casas estaban deshabitadas y la gente dormía sin remedio en la calle como mendigos y pordioseros. Ningún alma estaba limpia, a su vez, gordos enchaquetados fumaban puros en una mesa mientras obligaban a mujeres a prostituirse continuamente en algo que llamaban amor pero que no era más que un intercambio de fluidos a cambio de dinero. La moral aquí no tenía sentido. El razonable era tachado de estúpido y todos se reían de él, el miserable, el demagogo, el populista y el ladrón eran adorados por sus mentiras y por sus discursos, aunque realmente todos sabían de sus engaños, lo dejaban estar, lo dejaban andar. No importaba nada, cada cual iba a lo suyo. En el extremo más oriental del inferno estallaban bombas y minas, conflictos civiles, los hermanos se degollaban y la sangre se derramaba sin que ellos supieran el por qué, que se escondía en el teléfono móvil de ese gordo al que se la chupaba una prostituta mientras algún niño perdía una pierna. Era la justificación de su modo de vida, podía vivir así porque los otros se mataban entre ellos.
La impasividad de los condenados los hacía parecerse a zombies, estaba claro que habían perdido su cerebro dentro de este inferno. A todo ello mi guía le lanzaba una foto y escribía en su libreta, pero realmente apenas le prestaba atención a lo que estaba ocurriendo. Estas almas estaban condenadas, no tenían solución, el caos las había tomado sin ningún tipo de escrúpulos. Entonces empecé a comprender algo, Dios era omnipotente, pues quizás el diablo también. Quizás se encontraba dentro de todas esas almas, hasta en la del gordo del puro, que en el fondo sabía que era un infeliz al que sólo querían por su dinero, y su avaricia era el boquete de su alma porque siempre había alguien al que tenía que lamerle el culo porque era mucho más que él.
En mi terror sólo esperaba llegar a ese lugar donde este infierno al estilo de Virgilio se acababa. Mi compañero de viaje me lo mostró ante mi desconcierto. ¿Éste es el final?- pregunté.... Sólo había un espejo, el infierno no era más que el mundo que no queremos mirar.
Los niños en este infierno no tenían con qué alimentarse, las casas estaban deshabitadas y la gente dormía sin remedio en la calle como mendigos y pordioseros. Ningún alma estaba limpia, a su vez, gordos enchaquetados fumaban puros en una mesa mientras obligaban a mujeres a prostituirse continuamente en algo que llamaban amor pero que no era más que un intercambio de fluidos a cambio de dinero. La moral aquí no tenía sentido. El razonable era tachado de estúpido y todos se reían de él, el miserable, el demagogo, el populista y el ladrón eran adorados por sus mentiras y por sus discursos, aunque realmente todos sabían de sus engaños, lo dejaban estar, lo dejaban andar. No importaba nada, cada cual iba a lo suyo. En el extremo más oriental del inferno estallaban bombas y minas, conflictos civiles, los hermanos se degollaban y la sangre se derramaba sin que ellos supieran el por qué, que se escondía en el teléfono móvil de ese gordo al que se la chupaba una prostituta mientras algún niño perdía una pierna. Era la justificación de su modo de vida, podía vivir así porque los otros se mataban entre ellos.La impasividad de los condenados los hacía parecerse a zombies, estaba claro que habían perdido su cerebro dentro de este inferno. A todo ello mi guía le lanzaba una foto y escribía en su libreta, pero realmente apenas le prestaba atención a lo que estaba ocurriendo. Estas almas estaban condenadas, no tenían solución, el caos las había tomado sin ningún tipo de escrúpulos. Entonces empecé a comprender algo, Dios era omnipotente, pues quizás el diablo también. Quizás se encontraba dentro de todas esas almas, hasta en la del gordo del puro, que en el fondo sabía que era un infeliz al que sólo querían por su dinero, y su avaricia era el boquete de su alma porque siempre había alguien al que tenía que lamerle el culo porque era mucho más que él.
En mi terror sólo esperaba llegar a ese lugar donde este infierno al estilo de Virgilio se acababa. Mi compañero de viaje me lo mostró ante mi desconcierto. ¿Éste es el final?- pregunté.... Sólo había un espejo, el infierno no era más que el mundo que no queremos mirar.
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